¿Cuánto aguantaremos sin abrazos? Muy poco

Hoy he encontrado este articulo en la web de El País: Podemos detener la economía, pero no reprimir los afectos: ¿cuánto aguantaremos sin abrazos? Mi respuesta tengo bien clara: muy poco. Con mi historia de trauma infantil y de adolescencia, un trauma complejo causado por la incapacidad de mis padres a responder a mis necesidades emocionales durante mi infancia y adolescencia, posiblemente abuso sexual (nunca lo voy a saber), invasión de mi intimidad, y – sobre todo durante mi infancia – violencia arbitraria por parte de mi madre, me es imposible ahora vivir sin abrazos. Me reconozco bastante en las descripciones del trauma complejo o Trastorno de Estrés Postraumático Complejo, y es cierto que el confinamiento ha desencadenado una retraumatización en las últimas semanas.

Siempre he sido muy abierte sobre mi necesidad de saltarme del confinamiento, y no siento ninguna culpa. He vivido una infancia y adolescencia marcado por una ausencia del afecto. Odiaba a mi madre, la rechazaba, y no podía tolerar cualquier contacto físico por parte de mi madre desde que tengo recuerdos (que es solo a partir de los 8-10 años). Mi infancia es un gran agujero negro, en este sentido la amnesia no es selectiva, sino total.

Cuando me fui de la casa de mis padres, tuve que aprender al primero tolerar y más tarde disfrutar de los abrazos, tuve que aprender sentirme, darme cuenta como estaba, y todavía es una lucha a veces sentirme. Todavía estoy aprendiendo confiar en otres personas y desaprendiendo mi miedo del abandono, estoy superando mi autoestima bajo, mis problemas en relacionarme con otres, con la confianza y la intimidad. Estoy aprendiendo darme cuenta de mis límites, y cuando se pasa por enzima de mis limites, algo que todavía me cuesta mucho, y muchas veces solo me doy cuenta meses después, con una acumulación de violaciones de mi límites. Estoy aprendiendo poner en valor a mis necesidades y deseos, no ignorarlos para pertenecer a un grupo (algo que me pasa mucho).

Con esta historia mía, el confinamiento ha sido brutal. He revivido aspectos de mi trauma, el dolor y la impotencia de mi adolescencia, el dolor de mi infancia. He vivido desesperación y pensamientos de suicidio tan fuertes que me causaron miedo de mi misme.

Cumplir con el #quedateencasa no ha sido una opción viable para mi. Necesitaba encontrarme con amigues, y abrazarnos (con límites). Necesitaba salir, sobre todo cuando estaba reviviendo mi trauma, necesitaba sentarme al lado del río y llorar, y cuando un día la policía me controló y me amenazó con llevarme al calabozo fue brutal, y me causó otra desesperación y una tensión física en mi cuerpo que me recordaba a la tensión que siempre sentía durante mi adolescencia. Un flashback brutal. Me costaba mucho relajarme y tranquilizarme.

Pero también he vivido el afecto de mis amistades, de mi red de afecto, que me ha permitido sostenerme durante el confinamiento. Las llamadas (nada de vídeo, por favor), los mensajes. No sé donde estaría hoy sin este afecto. Han sido estas amistades que me han permitido en los últimos cuatro años afrontar mi trauma complejo, y llevar mi proceso de recuperación a otro nivel.

La “nueva normalidad” con un distanciamiento social de 2m me da miedo, y en realidad ya sé que para mi es insoportable, y que no voy a respetarla. He vivido los primeros 20 años de mi vida sin abrazos, o, más bien, con un miedo de ser abrazado por mi madre, algo para mi insoportable. Ahora, no puedo renunciar a los abrazos, a los besos, al afecto. Me volvería al dolor de mi infancia y adolescencia, un tipo de flashback permanente. Valoro mi salud mental y emocional más que esta “nueva normalidad”. Con esto no quiero decir que no entiendo ciertas medidas de distanciamiento social. Pero me parecen irreal, una distopia. Me da miedo pensar en el trauma colectivo causado por el confinamiento y que va a causar la nueva normalidad. Y me opongo a desaprender de nuevo – como en mi infancia – a expresar el afecto físicamente. Me ha costado tanto aprenderlo, y ahora ni puedo ni quiero desaprenderlo otra vez. Sería volver a mi infancia, a mi trauma. Sería un suicidio emocional.

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