Afrontar (mal) el abuso sexual en la infancia

¿Abuso sexual? ¡Abuso sexual! ¡Mierda! Me siento abusade, violade. Siento asco, miedo, dolor e ira. Siento … no sé qué. Siento que habito un cuerpo utilizado por otros – por mi padre, mi hermano. Siento su invasión en mi cuerpo, este cuerpo de une niñe de siete, ocho o nueve años, pero también siento mi “cooperación”, mi “participación” en mi propio abuso. La polla chupaba yo. Un acto activo. Con asco, sí, con miedo, sí, pero la chupaba.

Siento como mi boca de niñe toma la polla, como la polla crece lentamente en mi boca. Siento el semen en mi boca, en mi cara. Y siento asco. Siento miedo. Siento vergüenza también, aunque sé – con la cabeza – que no era mi culpa, que no tenía opciones. Chupar la polla. ¡Mierda!

He escrito varias veces sobre mi diálogo interno permanente sobre el abuso sexual en mi infancia, un diálogo que llevo conmigo desde al menos una década, y que se hizo insoportable por primera vez hace 5½ años. He intentado varias veces resolver a este diálogo, he intentado durante años vivir con la incertidumbre, con una narrativa de “no lo sé, probablemente no”, “no lo sé, probablemente sí”, o acercándome más a un sí rotundo. Pero, la verdad es que nunca he conseguido cerrar este diálogo. Lo he intentado con la cabeza. Y, creo que, esto ha sido mi problema.

Poco probable que jamás voy a tener la información verificable para que con la cabeza puedo resolver este diálogo. Poco probable que mi hermano o mi padre me van a decir que sí, que me han abusado, y también poco probable que les voy a creer un no. La verdad es que es poco probable que es posible resolver este diálogo hacía un no – desafortunadamente. Mi cabeza puede decirme que no, pero siento otra cosa. Me siento abusade y violade. Me siento utilizade.

No solo tengo estas imágenes – imágenes de abuso sexual que forman parte de mi diálogo interno permanente. También tengo lo que me dice o lo que siente mi niñe interior: el miedo a mi padre y a mi hermano, el miedo al sótano o a la habitación que compartía con mi hermano, el miedo a que le tocan el cuerpo, el miedo que yo podría no quererle si sabría que le pasó. Mi niñe interior llora mucho, hay mucho dolor y mucho miedo. Y, cuando le pregunto sobre mi padre, mi hermano, llora más fuerte, y me vienen las imágenes de abuso a la mente – no sé si a mi mente o a la mente de mi niñe interior. ¿Cómo puede mi niñe interior decirme que le pasó? No me habla. Llora mucho, pero a veces también, sobre todo cuando le hago complementos por su vestido rojo, sonríe tímidamente. Pero, no sabe jugar. Es muy triste. Muy heride. Y, se siente sucie. Sucie por el abuso del que no habla – solo llora.

Creo que la única manera que tengo para resolver este diálogo interno permanente es confiar en lo que siento, y confiar en mi niñe interior. Su miedo y su dolor no son mentiras. Y lo que siento yo – mi yo adulte – tampoco es mentira. Me siento abusade y violade. Me siento utilizade. Siento dolor. Por ahora sobre todo dolor. Pero también miedo, asco, vergüenza. Y, poco a poco, ira. Cada vez más ira.

Otra vez me vienen las ganas de matar a mi padre lentamente y muy dolorosamente. Hacerle sufrir. Y también a mi hermano. Hacerle sufrir. Hacerle morir lentamente y con mucho dolor. No puedo hacerlas vivir lo que he vivido y estoy viviendo yo. Pero, hacerles sufrir. Sé que estos son fantasías. Fantasías que vienen con la ira. Fantasías que no voy a poner en práctica. Pero, ahora, mientras estoy asumiendo el abuso sexual como una realidad (una realidad emocional), me hace sentirme bien imaginarme su muerte lenta y dolorosa.