Vivir con trauma en tiempos de pandemia

La pandemia ha causado problemas de salud mental para muchas personas. Pero para las personas quienes ya viviamos con trauma antes de la pandemia, ha sido y esta siendo un reto especialmente difícil y muchas veces doloroso.

Ya en tiempos ‘normales’ vivir con trauma muchas veces no es fácil. Hablo de experiencia, como vivo con un trauma complejo. Esto significa que todavía estoy luchando con darme cuenta de mis patrones de trauma, mis mecanismos automáticos de supervivencia, que me permitieron sobrevivir una infancia y adolescencia traumática, pero que ahora muchas veces me impiden darme cuenta de mis emociones, poner limites, confiar en amistades.

Ya a finales del año 2019 tuve una crisis – ahora sé que se trató de un flashback emocional. Después, en enero tuve otro bajón, pasando por el dolor de aceptar que una de mis redes que me había construido en Sevilla ya no era lo que necesitaba. Fue un proceso doloroso aceptarlo. Me recuperé, y estuve trabajando para hacer el año 2020 el año de la rebelión por el clima. De hecho, el fin de semana antes del inicio del Estado de Alarma en el Estado español estuve en Bruselas en un encuentro europeo para hacer planes para esta rebelión.

Y llegó la pandemia, y todo se acabó. Tuvimos que cancelar los planes para las acampadas climáticas, para las formaciones en acción directa noviolenta y para las acciones de desobediencia civil. Ya no hubo una rebelión por el clima. Tampoco hubo más encuentros, asambleas (presenciales) – nada. Al menos durante los primeros meses.

Al inicio mi respuesta traumática fue pretender que esto no me impactaba. Pero esto no funcionó, y viví una primera caída de quizás una semana, incapaz de trabajar o de hacer cualquier cosa. Pasé mucho tiempo en mi habitación llorando, y me permití escapar a sentarme al lado del Río Guadalquivir en Sevilla, a veces para llorar, muchas veces para intentar tranquilizarme mirando al agua. Había caído en la desesperación por la impotencia – la impotencia que sentía durante mi infancia y adolescencia. En esto momento no fui capaz de nombrarlo así. Escribí el 22 de marzo:

Estoy pensando en mi infancia y adolescencia, y sobre el trauma que llevo conmigo de esta parte de mi vida. La sensación de aislamiento, la falta de cariño, de contacto físico (con la excepción de mi madre, de la que no pude tolerar ningún contacto físico. La odiaba y la sigo odiando). Entiendo ya que rápidamente entro en el patrón del miedo al abandono, al ser abandonade (lo viví fuertemente la ultima navidad), pero esta vez no es esto. Entiendo que nadie me esta abandonando, que son las circunstancias.

Siento desesperación. Una desesperación profunda. ¿Quizás esta desesperación tiene algo que ver con la desesperación de mi infancia y adolescencia, cuando no tuve ninguna esperanza y simplemente intente sobrevivir? Sobrevivir en el contexto de una familia toxica, incapaz de verme, de entenderme, de responder a mis necesidades emocionales, y en vez de esto amenazándome con el abandono. Unos “amigos” que se convirtieron en mis peores “bullies” cuando estuvimos en grupo, bullying por no cumplir las normas masculinas. Durante muchos años no vi ninguna salida, y simplemente estuve sobreviviendo, sin esperanza, e intentando no sentir nada. Sobreviví, pero fuertemente traumatizade.”

Después de una o dos semanas se activó otro patrón de mi trauma: la disociación. Me sentí supuestamente ‘bien’, hasta que me di cuenta que no me sentí, que no fui capaz de escribir casi nada en mi cuaderno, como estuve completamente desconectade de mis emociones. La disociación ha sido mi mecanismo de supervivencia principal durante los primeros 20 años de mi vida, y no sorprende que se activó cuando las emociones me desbordaron.

Supuestamente mejor, volví a trabajar. Pensaba que ya había pasado por lo peor de mi crisis. Pensaba que centrarme en mis amistades, en mis redes de apoyo me había estabilizado lo suficiente para afrontar vivir con las restricciones del Estado de Alarma (saltándome de algunas). Pero estuve equivocade. Llegó otra caída, mucho más profunda, que duró casi hasta el final del Estado de Alarma – dos meses.

El 13 de abril lance un grito de desesperación en mi blog:

¡No puedo más! ¡No puedo más sin ver a mis amigues! ¡No puedo más sin abrazar a mis amigues! Estoy llorando. Por tristeza. Por dolor. ¡No puedo más! Estoy en mi límite, o, mejor dicho, ya he pasado por enzima de mi límite. ¡No puedo más!

Tengo pensamientos de suicidio, más fuerte que nunca. Me dan miedo. En el baño pensé en romper la copa del vino para cortarme las venas. No lo hice (obviamente). Anoche pensé en cortarme las venas con un gillete. ¡No puedo más!

Solo una vez antes en mi vida había vivido pensamientos de suicidio tan fuertes, tan reales. Y me daba miedo. Por suerte algunes de mis amigues respondieron a mi grito. Mi compañera de piso me apoyaba, y otres amigues me llamaron para asegurarse que estaba bien apoyade.

Me busqué algunas vías de escape, o de tomar fuerzas: salí varias veces al día para darme un paseo (“hacer compras”) o sentarme al lado del río (lo último hasta un día la policía me amenazó con llevarme a la comisaria por saltarme del confinamiento total), me encontré con unes amigues al menos una vez por la semana, para comer juntes y pasar un buen tiempo (y abrazarnos), llamadas (por móvil, sin vídeo) con amistades que vivieron en barrios más lejos de Sevilla o fuera de Sevilla. También escribí mucho, en estos tiempos principalmente en mi blog. Necesitaba soltar mi rabia, soltar mi dolor, mi tristeza.

Por suerte, mi psicóloga siguió atendiéndome presencialmente también durante el confinamiento total, y durante un tiempo tuve sesiones con ella cada semana. No sé donde estaría hoy sin esto.

Con la desescalada vinieron nuevos retos. Para mi no fue tanto el miedo de volver a encontrarme con gente – no tuve nada de esto. De hecho, necesitaba volver a encontrarme con más amistades, y con el avance de la desescalada y menos restricciones – y más encuentros, más abrazos – empecé a sentirme mejor, empecé a salir de este flashback emocional de muy larga duración.

Pero vino la norma de la mascarilla. Con la desescalada hicieron la mascarilla obligatoria inicialmente en espacios cerrados y en la calle cuando no se puede mantener la distancia de seguridad. Para mi, fue otro desencadenante. Escribí el 19 de mayo:

Cada vez, cuando veo noticias sobre hacer el uso de las mascarillas obligatorio en cada vez más espacios, entro en pánico, y me sube la ansiedad. Instintivamente siento que ponerme una mascarilla siempre cuando quiero salir sería ponerme un desencadenante de mis reacciones traumáticas yo misme. (…) Con la mascarilla la crisis sanitaria llega a mi cuerpo, es decir, la crisis (y el Estado) me imponen algo que tiene que ver con mi cuerpo. Un cuerpo no respetado con sus limites en mi infancia y adolescencia, es decir, durante los primeros 20 años de mi vida. Un cuerpo, que ha sufrido repetidas invasiones en su espacio intimo durante 20 años, y posiblemente abuso. Un cuerpo violado. Para mi, las mascarillas las siento como una invasión, como una violación de mi cuerpo, y no como una protección. Otra vez más no se respeta a mi cuerpo, no se respeta a mi espacio intimo, no se respeta a mi.

Aunque entendí la razones detrás de la norma, a mi al primero me envió otra vez a una espiral hacia abajo. Escribí: “La mascarilla me lleva directamente al trauma de mi infancia y adolescencia, como entra en mi espacio intimo.” Creo que durante algunas semanas evité ir a supermercados o otras tiendas donde no fue posible entrar sin mascarilla, y seguí principalmente en mis tiendas cercanas donde no me obligaron a ponérmela. Me costaba semanas a trabajarlo y sentirme capaz de ponerme la mascarilla en situación donde tiene realmente sentido – en una tienda o en el transporte público, por ejemplo.

Durante este periodo de confinamiento descubrí también, gracias a une amigue nobinarie, el blog de Meg-John Barker, que, quizás, me ha salvado la vida. Me ha ayudado mucho a aprender sobre y entender mi trauma complejo, y lo que me estaba pasando. Que Meg-John Barker es una persona nobinaria como yo seguramente me ayudó mucho, como me permitió cierto nivel de identificación. Aunque había leído el libro de Anabel Gonzalez No soy yo, que también trata del tema del trauma complejo, poco antes del inicio del Estado de Alarma, no me identificaba en este momento con este diagnostico. Me reconocía en algunos aspectos, pero el libro me tocaba poco. Fue muy distinto cuando leí en el blog de Meg-John Barker sobre el trauma complejo. Al inicio de mayo leí su texto sobre TEPT complejo, y fue casi una revelación. En este texto refiere al libro de Pete Walker sobre el trauma complejo, y dice: "Dios mío, Pete, es como si hubieras visto dentro de mi alma!" Escribí entones:

Mirándolo ahora, siento que he estado en un flashback emocional desde que empezó el confinamiento. Según Meg-John, "Los flashbacks emocionales son como los flashbacks estándar - donde las personas responden como si estuvieran de vuelta en un recuerdo traumático - pero sin el recuerdo claro de lo que se está reproduciendo: sólo las emociones y las respuestas corporales.

Los flashbacks emocionales implican caídas repentinas en el miedo y la vergüenza debilitantes. Es como si estuviéramos de vuelta en los sentimientos abrumadores que experimentamos de niñe, y lo estamos: nuestro sistema nervioso ha sido literalmente puesto de vuelta allí. A menudo nos sentimos pequeñes, frágiles, jóvenes, desesperades e indefenses en estos momentos. Podemos entrar en pánico y agitarnos o podemos apagarnos y rendirnos. Generalmente nos sentimos como si fuéramos inaceptables y males. Todo se siente demasiado duro, ser viste se siente insoportable, y se siente como una cuestión de vida o muerte. Entramos en el modo de supervivencia y tememos que no sobreviviremos". Es una muy buena descripción del lugar donde he estado las últimas semanas, y sigo en este lugar.

Y: “Volviendo al confinamiento y a la "nueva normalidad" que nos espera después de la desescalada del confinamiento a partir de finales de junio, tengo miedo. También reconozco ahora que permaneceré en un lugar muy vulnerable probablemente durante mucho tiempo durante la "nueva normalidad", propenso a flashbacks emocionales, si al final consigo salir del que tengo ahora. Sólo escribiendo esto, siento el dolor en mi pecho, me siento al borde del llanto. Ha sido difícil escribir esto, y aún no he terminado.

Me compré el libro de Pete Walker (en inglés), y leerlo también me ayudó mucho a entenderme. No fue fácil leerlo, y muchas veces tuve que dejarlo como me tocaba demasiado, me causaba demasiadas emociones y me puse a llorar. Pero al mismo tiempo era diferente: empezaba a entender lo qué había vivido toda mi vida, y lo que estaba viviendo en este momento.

Creo que los textos de Meg-John Barker y el libro de Pete Walker lograron a tocarme por dos razones: Meg-John Barker por que también es una persona nobinaria, y por que escribe sobre su propia experiencia como persona que vive con trauma complejo. Y Pete Walker, aunque es una persona bastante heteronormativa, también por que habla de su propia experiencia, y no solo de sus clientes como psicólogo. Pude identificarme sobre todo cuando hablaba de si mismo, aunque mi experiencia es distinta en muchos aspectos.

El verano para mi fue un respiro, aunque no pude permitirme vacaciones, después de haber estado casi tres meses de baja por mis tormentas emocionales. No obstante hice planes para visitar a amigues, para viajar. Pero antes de mi primer viaje llegó otro desencadenante: hicieron la mascarilla obligatoria ‘casi siempre’ en Andalucía (en casi todas las comunidades autónomas, con excepción de Canarias). Escribí:

Ahora, la situación es otra. La nueva norma es un sin sentido, es una arbitrariedad, y no me veo capaz de superar la sensación de la violación de mi cuerpo por una norma sin sentido. Esta mañana, solo pensando en esta norma y en tener que salir de la casa con mascarilla, me puse a llorar.

Luego tuve que salir, aunque solo unos 100m para ir a una copistería. Me puse la mascarilla al salir del portal del edificio, y casi entré en pánico. Al salir de la copistería me saqué la mascarilla y la llevé en la mano hasta llegar a casa. Desde mi vuelta a casa, no he sido capaz de trabajar. Estoy en un estado de pánico, siento que estoy colaborando con la violación de mi cuerpo. Estoy intentando no pensar en esto, estoy intentando no sentirme demasiado. Estoy al borde de llorar. Tengo claro que ni puedo ni quiero cumplir con esta orden. No puedo obedecer a una orden que me exige colaborar con mi propia violación. Lo tuve que hacer demasiado en mi juventud, hacer cosas sin sentido, violar a mi propio cuerpo, cumplir ordenes de mis padres que a mi me parecieron una violación. ¡Nunca más!

Mi primer viaje fue a Berlin, para visitar a una amiga de mucho tiempo (unos 25 años). Fue un respiro caminar por las calles de Berlin sin mascarilla, y fue un respiro reconectar con mi amiga y pasar un buen tiempo juntes charlando, bebiendo vino, y paseando por Berlin.

En Berlin tomé la decisión que la norma andaluza sobre las mascarillas va por enzima de mis limites, y que hay ninguna manera para mi de cumplirla. Esta decisión me devolvió un sentido de agencia, de que puedo tomar mis decisiones yo, y que no hay que seguir a cualquiera locura en nombre de la pandemia. Desde entonces, salgo siempre con la mascarilla en la mano, por si me encuentro con una aglomeración de personas, una patrulla de la policía, y si quiero entrar en una tienda o un bar. Pero no me pongo la mascarilla en la calle, y me da igual la norma.

Volví a Sevilla unos días, y salí para otro viaje, para visitar a amigues en Canarias (donde la mascarilla tampoco fue obligatoria ‘casi siempre’, sino solo cuando tiene sentido). Aunque en Canarias sigue trabajando por las mañanas, fue otro respiro. Me di cuenta de que después de tantos meses confinade en Sevilla necesitaba salir y viajar, y sobre todo ver a mis amistades.

Hizo otros viajes más: a Galicia y a Lisboa.

En ninguna de mis viajes cumple con las recomendaciones para el verano, como por ejemplo las que publicó El País el 25 de julio: no alojarse con amistades (lo siento, no tengo dinero para hoteles, y, además, visitar a amistades es lo que necesitaba), abrazos “rápidos, de lado y con mascarilla”, y otras absurdidades. Cómo escribí en mi blog, se trata de políticas de miedo en tiempos de una pandemia, o de una dictadura de la salud pública, con un precio emocional y psicológico muy alto.

El inicio de la segunda ola a partir de finales de agosto y la imposición de nuevas restricciones fueron otra vez desencadenantes de una respuesta traumática. Sentía otra vez que necesitaba salir de Sevilla, de este ambiente de miedo, pánico, y de represión y una fascismo de la salud pública. Al inicio de octubre fui a Lisboa para participar en una acción de desobediencia civil por la justicia climática. Fue muy importante sobre todo para mi salud mental. En el Estado español nadie se estaba planteando una acción masiva, y allí en Lisboa organizaron una acción de desobediencia con 150 personas – y con éxito.

Volví a Sevilla, y con las nuevas restricciones me fui otra vez hacia abajo. En la mitad de octubre me sentí tan mal que necesitaba escapar otra vez, esta vez para estar sole y tener tiempo para mi. Fui otra vez a Lisboa, pero este vez me alquilé un apartamiento en el centro por unos 6 días. Fue bien escapar de Sevilla, pero esto no significa que lo pasé bien. Otra vez trabajé por las mañanas, pero las tardes estuve con mis emociones, y algunas noches tuve que llorar. Otra vez sentía esta impotencia de mi infancia y juventud ante esta segunda ola y las nuevas restricciones.

Finalmente llegaron otro estado de alarma y el segundo confinamiento, esta vez no en casa sino “solo” un confinamiento perimetral de cada municipio, un toque de queda nocturno y el cierre de los bares a las 18:00h. Nos quitaron “la vida”, y escribí:

Se olvidan de un aspecto importante. No somos ni maquinas, ni esclavos. Para producir, también necesitamos la reproducción, recuperar energía, regenerarnos. No podemos trabajar día tras día sin no solo un descanso (que sí nos permiten), sino también de una vida más allá del trabajo que nos permite recargar a nuestras baterías. ¿Cómo piensan lo hacemos? ¿Mirando la tele? ¿Videojuegos? ¿Consumiendo pornografía online (el consumo de pornografía ha aumentado mucho desde el inicio del confinamiento)? ¿Drogándonos con alcohol o otras drogas?

Tuve tiempos de mucha desesperación, de mucho dolor, y luego se activó un patrón de mi trauma: la desconexión de mis emociones. Me sentía supuestamente algo mejor durante el noviembre, pero solo fue supuestamente. En realidad, me sentía emocionalmente bloqueade. Sabía que había algo, pero no era capaz de conectar con mis emociones. Sentía ganas de llorar muchas veces, pero tampoco era capaz de llorar.

Leer en el libro de Staci K. Haines sobre trauma y vergüenza me causó muchas emociones en mi estomago, y sabía que estaba tocando algo. Había leído sobre trauma y vergüenza antes – en los libros de Anabel Gonzalez y de Pete Walker, y los textos de Meg-John Barker – pero en estos momentos no sentía mucho. Es más, sentía que esto no era aplicable a mi. Esta vez fue muy distinto. Mi cuerpo reaccionó a lo que estaba leyendo sobre trauma y vergüenza. Finalmente, durante el puente de la Constitución en diciembre, llegue a mis emociones, al dolor de la vergüenza del niñe que pensaba que era male. Lloré mucho este fin de semana, y otra vez tuve pensamientos de suicidio que se salieron de lo habitual y me daban miedo, tanto miedo que me tomé un baño con un vino en un vaso de plástico. Pero también sentí el apoyo, y me busque apoyo. Llamé a una amiga el primer día, y nos encontramos para un paseo, y al vernos y abrazarnos empecé a llorar. El día siguiente vi por casualidad a otra amiga, y otra vez empecé a llorar a abrazarnos. Creo que estos abrazos fueron el mejor remedio contra esta vergüenza de le niñe.

Desde algo más de una semana me siento algo mejor, ya no estoy tanto con el dolor de la vergüenza, pero tampoco me siento emocionalmente bloqueade. Ahora, cuando leo algunas de las nuevas recomendaciones para las cenas navideñas, solo puedo reírme. Me pregunto en que mundo vive esta gente que hace este tipo de recomendaciones, imposibles de cumplir. Pero como son recomendaciones, me dan igual. Voy a vivir mi vida y tomar mis decisiones, consciente de los riesgos, pero también consciente de mi necesidad de vivir, que estar con gente, de abrazarnos.

¿Que he aprendido en este año de pandemia, y no de la rebelión por el clima? Al primero, he aprendido (y sigo aprendiendo) mucho sobre el trauma complejo en general, y mi propio trauma complejo en lo especifico. Me he dado cuenta de aspectos de mi trauma que antes no tenia presentes, como por ejemplo la impotencia que sentía durante mi adolescencia. Antes pensaba más en mi infancia (de la que no tengo ningunos recuerdos) cuando pensaba en mi trauma, pero ahora entiendo que todos mis primeros 20 años de mi vida han contribuido a mi trauma complejo.

He aprendido sobre los flashback emocionales, y hasta cierto punto darme cuenta cuando entro en un flashback y gestionarlo mejor, por ejemplo intentando pensar en los 13 pasos para manejar los flashback de Pete Walker. Los tengo impreso en mi habitación, y al lado de mi cama. No siempre consigo aplicarlos, pero aunque a veces me cuesta, estos 13 pasos son de gran ayuda.

También he aprendido sobre la importancia del auto-cuidado. En primavera tuve que retirarme de casi todo activismo (por la justicia climática y por otras causas), y hasta ahora he retomado bien poco. Entender el auto-cuidado con Audre Lorde también como una “batalla política” me ha ayudado mucho para aceptar esta necesidad.

Estoy consciente de que mientras sigue la pandemia, estaré viviendo en una situación potencialmente desencadenante casi permanentemente. Además una situación desencadenante de la que no puedo escapar – como también durante mi infancia y adolescencia. En este contexto, entender el auto-cuidado también como acto político me ayuda a no exigirme volver al activismo por la justicia climática, escuchar a mi misme y tomar las decisiones basadas en mis necesidades y en mi salud mental.

¿Que me ha ayudado en estos tiempos tan difíciles? Al primero y sobre todo mis amigues! Creo que he conseguido relaciones seguras e intimas, que me han sostenido durante todo este tiempo. Aunque entré en el año con el dolor de la pedida de unas de mis redes afectivas – mi primera red en Sevilla, la red que me había sostenido cuando tuve un colapso emocional hace 4 ½ años – durante estos meses de pandemia he construido nuevas redes afectivas con nuevas personas.

También me han ayudado mucho el blog y algunos de los zines de Meg-John Barker, y los libros de Pete Walker y, más tarde, de Staci K. Haines. Creo que sobre todo el blog de Meg-John Barker me ha abierto una puerta al entendimiento de mi trauma complejo, y no dudo en que ayudó mucho que Meg-John Barker también es una persona nobinaria. Al menos a mi me hizo todo el tema más accesible.

Quizás para mi el aprendizaje más importante es confiar en mi misme, en mis capacidades y necesidades, y tomar mis propias decisiones. La verdad es que no sé donde estaría hoy si hubiera seguido a las normas y restricciones impuestas por nuestros gobiernos con la justificación de la pandemia. No sé si estaría vive ahora – tengo dudas serías. Tomar mis propias decisiones y saltarme de las normas y restricciones me ha permitido seguir viviendo, y afrontar mi trauma con los apoyos (y abrazos) necesarios.