Vergüenza

Ayer escribí sobre trauma y vergüenza, y hoy me he dado cuenta de otra cosa más. En el texto de Meg-John Barker a que refiero y que ayer ya he citado bastante, también he encontrado esto:

"Como otres autores, Pat explica que, de niñe, cuando se enfrenta a una elección entre:

  • Creer que somos males, pero al menos que el mundo tiene sentido y que podríamos tener algún control sobre él (por ejemplo, convirtiéndonos en buenes), y
  • Creyendo que no somos males pero que el mundo es caótico, que nuestres cuidadores no pueden contenernos, y que no tenemos control

Escogeremos la primera como la opción más segura."

O, en palabras de Pat deYoung: “Es mucho más fácil de entender, "Soy male y asquerose" que entender, "Algo pasó fuera de mi control y siento que me estoy desmoronando".

Esto me ha hecho pensar.

 

Escribí a inicio de junio: “La negligencia emocional fue una realidad de mi vida, de los primeros 20 años de mi vida. También había algo de violencia arbitraria, sobre todo por parte de mi madre, y las invasiones en mi espacio intimo (mi madre abriendo la cortina de la ducha y mirándome, pero también tanto mi madre como mi padre entrando en mi habitación sin ningún aviso previo). No sé si más allá había abuso sexual, y ya no me importa. Nunca lo voy a saber, y realmente esta negligencia emocional ya es más que suficiente. Fue altamente traumatizante. (…) Luego, el problema era yo. ‘Cuando nació mi hermana, empezaron mis problemas’, me dijo mi padre. Lo siento, un niño de 1½ años no tiene problemas – tiene necesidades.

Había un tiempo, quizás con 12-13 años, cuando intentaba lograr el afecto o la atención de mi madre. Muchas veces me sentaba en la cocina a volver del instituto, y no sé si contaba algo, o si hablamos de algo. Pero se acabó cuando un día me negaba a comer su potaje de col rizada, y este potaje acababa enzima de mi cabeza.

 

Mi padre mi dijo hace unos años que “siempre he rechazado a mi madre”. Posiblemente durante mucho tiempo no sabía que opción elegir: si yo era male o el mundo era caótico. En un momento durante mi adolescencia tomaba la decisión que era el mundo lo que me causaba las problemas, y que el problema no era yo. Pasé de la primera opción a la segunda y empecé a rebelarme, contra mis padres, contra mis profesores, contra el mundo. Empecé a menospreciar a mi madre en la presencia de amistades, de rebelarme, a veces abiertamente (no siempre de una manera constructiva), a veces internamente, aparentemente obedeciendo. Pero ya no vi a mi como “el problema” o como male, sino a mis padres, al mundo.

No obstante, ya llevaba la vergüenza en mi cuerpo, y pasar a rebelarme, aunque fue bien, también ha ocultado la vergüenza todavía más. Me cuesta mucho pensar en cosas qué me causan vergüenza, más allá del daño qué he causado a mi primera pareja, pero esto fue ya mucho más tarde.

Siento que se queda la vergüenza de mi infancia en mi cuerpo, y por esto siento esta tensión en mi estomago cuando ahora pienso en la vergüenza. Me cuesta acceder a esta vergüenza, pensar en que me causó esta vergüenza, de donde viene. Pero esta ahí, en mi cuerpo. Y ahora parece que se esta activando, sin que yo tengo idea alguna de qué es esta vergüenza.

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