Montañas rusas emocionales

Después de mi grito de desesperación el lunes pasado, he vivido una semana de montañas rusas emocionales. Mi grito fue escuchado, y agradezco mucho el apoyo que he recibido, las llamadas preocupadas, y sobre todo el apoyo de mi compañera de piso la misma noche. Estaba a un punto tan bajo que tenía miedo de mi misme, y no sabía como salir de este estado de desesperación.

El martes seguí bastante bajo, y estuve llorando mucho. Por la mañana fui al río a sentarme cerca del agua, mirar al agua y llorar. Me quedé al menos una hora sentada, llorando mucho. No he llorado tanto desde mi colapso anterior hace ya casi cuatro años. Me dolió el cuerpo por tanto llanto. Por la tarde conseguí tranquilizarme un poco, pero sigue sin ánimo, y con mucha tristeza.

El día siguiente, el miércoles, estuve un poco mejor. Por la mañana todavía no pude concentrarme en nada, pero tuve un objetivo: saltarme del confinamiento para visitar a una amiga. Al mediodía bajé mi bici a la calle y monté la bici para ir hacia otro barrio de Sevilla – media hora en bicicleta. Fue un poco surrealista andar en bici por las calles de Sevilla y tener miedo a encontrarme con un control policial. Al mismo me sentí muy libre, una libertad que solo siento cuando voy en bici, o en acciones de desobediencia. En esta caso, eran las dos sensaciones a la vez.

Llegue a la casa de mi amiga, y nos abrazamos. Charlamos. Bebimos (demasiado). Comimos. Nos reímos. Y nos abrazamos otra vez cuando tuve que despedirme. Otros 30 minutos en bici para volver a mi casa. Esta vez tuve menos miedo, por que lo peor que pudo pasar fue una multa – ya no pudieron impedirme llegar a la casa de mi amiga. Me daba bastante igual una multa, pero no tuve problemas. Me sentí muy bien. Libre. Como un ser humano. Casi eufórique. En casa seguimos bebiendo con mis compañeras de piso, y me acosté a medianoche bastante borrache.

El día siguiente seguí con mejor ánimo, y me construí unas estanterías en mi habitación (la madera había pedido unas semanas antes en internet). No obstante, también sentía las ansiedad subiendo de nuevo. Por la tarde tuve sesión con mi psicóloga, y repasamos los eventos que me llevaron a mi colapso el lunes. Fue duro, y me fui bastante removide de la sesión, pero no necesariamente mal. Triste. Con cierta ansiedad.

El viernes por primera vez desde una semana intenté trabajar por la mañana, y respondí a unos correos de trabajo pendientes. No obstante, no conseguí concentrarme lo suficiente para mi trabajo real: programar en PHP para un proyecto de Drupal. Fui a hacer una compras después de dos horas, y en la segunda tienda, esperando sentade fuera de la tienda a mi turno de entrar, casi me puse a llorar otra vez. Me sentía fatal. El resto del día seguí con mucha ansiedad, a veces al borde de llorar. Hablé por teléfono con muches amigues – probablemente pasé al menos tres horas hablando por teléfono este día. Durante la primera llamada, todavía por la mañana, durante unos momentos casi no fue capaz de decir nada, luchando con mi misme para no llorar.

Ayer me sentí un poco mejor, con un nivel de ansiedad más bajo. Por la tarde conseguí por primera vez desde más que una semana tomar un libro y leer. También tomé unas decisiones, a darme cuenta que necesito mantenerme lejos de todo relacionado con el Coronavirus: no leer las noticias (ya desde al menos tres días no he leído ni una linea de noticias, y en cualquier caso ni escucho radio y no tengo tele), apartarme de todos los debates y tareas de militancia relacionados con la crisis sanitaria actual y como responder, incluso cuando se acaba la crisis. Ya desde una semana no he participado en nada, incapaz de hacerlo, y siento que volver a intentar hacerlo me volvería a mi ansiedad, a mi viejo trauma. Conseguir la baja médica, como ya desde una semana no he trabajado.

Hoy me siento con un poco más de ansiedad. Todavía no sé como lo llevaré este día.

Mientras dura esta situación, tengo que tomarlo día por día. Quizás puedo trabajar unas horas un día, o dos, pero necesito quitarme esta presión. Es difícil también, como trabajo en una pequeña cooperativa con una amiga/colega, y si yo no puedo trabajar significa que toda la responsabilidad cae en ella. Tengo la suerte que ella también me apoya, pero también hay limites. Tengo la suerte también que trabajamos con clientes que nos ven como seres humanos, y no como maquinas que tienen que funcionar. Entiendo que es un privilegio.

Más allá, me sostengo con pequeños actos de desobediencia, poniendo mi salud mental por enzima del Decreto del Estado de Alarma. Me pregunto si en este Comité Científico que elabora las recomendaciones sobre el confinamiento hay psicólogues, mujeres, personas trans*/queer, representantes de mayores, de niñes/adolescentes. Lo dudo. Parece que lo único que importa son expertos (en masculino!) en epidemias y la economía. No existe una perspectiva holistica de la salud, y sobre todo se ignora por completa la salud mental.

La vida normal ya no existe y nunca vamos a volver a la normalidad de antes, una normalidad en cualquier caso de crisis, de crisis social, emergencia climática, de violencia machista, queer y tránsfoba. Mientras dure el confinamiento voy a valorar yo mis necesidades dentro de la crisis sanitaria y no pienso obedecer ciegamente a un decreto autoritario que niega mi salud mental.

Temo que vamos a salir de esta crisis muy traumatizades. Nosotres, quienes hemos entrado en esta crisis ya traumatizades, lo vivimos peor. Podemos sobrevivir asumiendo nuestra agencia, nuestras decisiones, valorando nuestras necesidades y al mismo tiempo asumiendo nuestra responsabilidad en la crisis sanitaria. Ellos, el gobierno, no lo hace. Nos han olvidado. Tenemos que hacerlo nosostres, siendo desobedientes. Desobedientes por nuestra salud mental. Desobedientes, pero no irresponsables.

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