El trauma de la masculinidad

Mientras estoy leyendo poco a poco el libro de Pete Walker, TEP complejo: De Sobrevivir a Prosperar: Una guía y mapa para recuperarse del trauma infantil (estoy leyendo el original en inglés), tengo otro libro para “relajarme”, como el libro de Pete Walker me remueve mucho a veces, y tengo que dejarlo.

El otro libro es de Alex Iantaffi y Meg-John Barker, y se llama How to Understand Your Gender. A Practical Guide for Understanding Who You Are (en español: Cómo entender tu género. Una guía práctica para explorar quién eres). Tengo el tema de mi identidad de género bastante trabajade, y pensaba que no me va a tocar tanto el libro. Pero me equivoqué. Ayer empecé con el capitulo 3 del libro, Your Gender Background (El origen de tu género), y proponen como pequeña reflexión pensar en el impacto del sexo asignado al nacer, y pensando en esto casi me puse a llorar.

Al nacer fui asignado el sexo ‘hombre’, con todo que esto significa para la vida. Honestamente: una mierda. Al menos para mi.

Creo que la masculinidad, o las expectativas sociales de la masculinidad, aumentaron todavía más mi sensación de abandono emocional, el incumplimiento de mis necesidades emocionales por parte de mis padres. ‘Los chicos no lloran’. ¡Mierda! No he llorado desde mi infancia hasta hace cuatro años, con 51 años, cuando no pude más y pensé en exactamente esto, tomándome un vino en un bar de la Alameda: qué no había llorado desde mi infancia, nunca. Que había sido incapaz de llorar. Conseguí llegar a mi casa y me puse a llorar durante horas. Fue brutal, doloroso. Fue el inicio de un proceso doloroso de afrontar mi trauma complejo.

Me recuerdo de la presión durante mi adolescencia. No tenía ni idea que significaba ‘ser un chico’. No me gustaba nada el fútbol. Me recuerdo que una vez mi padre me llevó a un partido de fútbol (no es que el iba normalmente), y lo odiaba. El partido no me interesaba nada, y el ambiente masculino no me gustaba nada. Me recuerdo que me regalaron una vez un tipo de juego de fútbol unas navidades, junto con mi hermano - lo odiaba, y me puse a llorar. Odiaba ejercicio físico en el instituto, sobre todo cuando teníamos que jugar fútbol. Lo odiaba, y intentaba participar lo menos posible, sabotearlo.

No me interesaban nada los coches o motos. Sí me gustaban los trenes, las bicis. No era capaz de esos poses de macho. Claro, por mi historia de trauma y disociación de mis emociones tampoco era capaz de expresar mis emociones (¿cómo expresar algo que ni sentía, con lo que ni estaba conectade?), pero al mismo tiempo tampoco era capaz de mostrarme segure, agresive, y toda esta mierda de la masculinidad. Nunca encajaba. Llegaba el bullying homofóbico por parte de mis ‘amigos’. Otra mierda más, aunque no tenia ni consciencia de mi sexualidad poco heteronormativa.

Unos años más tarde me enamoré de un chico, sin darme cuenta. ¡Qué mierda de desconexión de mis emociones!

Me fui de la casa de mis padres desconectade de mis emociones, pero poco masculino (por suerte), y muy insegure. Por suerte, entré en círculos más alternativos, con menos masculinidad hegemónica. No obstante, la desconexión de mis emociones tampoco me permitía encajar en estas nuevas masculinidades, además heteronormativas. Me enamoré otra vez, sin darme cuenta, en un compañero de piso.

Fue mucho más tarde cuando poco a poco empecé a conectar más con mis emociones, y con mi sexualidad. Me enamoré de una mujer, y durante un año tuvimos una relación sexual afectiva. Me desbordaban mis emociones, nunca antes sentidas. Era una relación bastante complicada, con muchos desentendimientos. No entendía que me pasaba. No entendía que estaba haciendo mal. No tenía ni idea de mis límites, ni de sus límites - del concepto de límites. No tenía ni idea de mi trauma, de lo dañade que estaba yo, ni de que daño estaba causando a nuestra relación, a ella.

La relación terminó, y empecé a afrontar mi sexualidad, y temas de masculinidad. Leí mucho, sobre feminismo, pero sobre todo sobre la construcción de las masculinidades y las sexualidades. Libros como Género y poder o Masculinidades de Raewyn Connell, o La invención de la heterosexualidad de Jonathan Ned Katz (para mencionar solo unos pocos) me abrieron otro mundo para entender a mi misme. Inicialmente empecé a definirme como hombre gay, pero sin mucho éxito. Tampoco encajaba en esta masculinidad bastante normativa gay. Tampoco encajaba en este mundo hiper sexualizado.

Para mi el descubrimiento de la teoría queer a partir de la mitad de las 1990 fue una liberación. Por fin algo que no me exigió definirme dentro de la camisa de fuerza de la masculinidad y feminidad, del binarismo de género. Escribí en un articulo en la revista anarquista Graswurzelrevolution en 1996: “No se trata sólo de una multiplicación de las identidades de género, que aún no se separan del sexo biológico, sino que siguen refiriéndose a esta "diferencia de género", sino "de la cuestión de la abolición del género como estructura social. ... El género es la conexión entre las formas de práctica social y la división reproductiva, la construcción de un significado en todo esto. Su abolición sería lógicamente una cuestión de desacoplamiento de estas áreas. Esto no significa una denigración o negación de la diferencia biológica, pero tampoco una celebración de la misma. La diferencia entre los sexos biológicos sería simplemente una adición en la función de reproducción, no una división cósmica o un destino social. Ya no habría razón para que la diferencia biológica estructurara las relaciones emocionales de manera que las categorías heterosexual y homosexual se volvieran sin sentido. No habría razón para que esta diferencia estructurara el carácter de modo que la masculinidad y la feminidad desaparecieran".

Fue muy bien en la teoría, pero tardé muchos años más en llevarlo a la practica. Llegaba a definirme como queer, pero al mismo tiempo como hombre gay (algo un poco contradictorio), aunque siempre con un cuestionamiento de la masculinidad. En 2000 escribí en otro articulo: “¿Es que tengo que tomar partido perpetuando el binario "homo- hetero", tomar parte en su consolidación, obedecer las normas de la "comunidad gai"?. ¿Entonces donde está la liberación?”. De nuevo, muy bien en la teoría.

En 2001 me enamoré de un hombre (vale, entonces). Durante ocho años tuvimos una relación afectiva sexual, y creo que fue la relación más estable y de más confianza de mi vida hasta entonces. No obstante, mi trauma tuve un papel importante en el fin de esta relación, que fue largo y doloroso, más para el, pero también para mi. Hace dos semanas fue la primera vez cuando fui capaz de llorar por esta perdida: "Esta mañana me desperté con tensión en la espalda, pero inicialmente más relajade. Pensé en la relación con mi ex-pareja en Londres, o más bien en el fin de nuestra relación, destruida por mi trauma, destruida por el recuerdo a mi madre abriendo la cortina de la ducha (no tengo ningún recuerdo si una vez me tocaba, pero ahora pienso que este recuerdo probablemente se queda encerrado en mi agujero negro de la infancia). Y lloré de nuevo. Sentí mucho dolor, mucha tristeza. Lloré mucho, y fuertemente. Quizás fue la primera vez qué he sido capaz de sentir el dolor por el fin de esta relación, de esta perdida."

Tardé hasta 2014 para abiertamente rechazar las identidades binarias y liberarme de ellas, que me llevó a otros procesos dificiles, a otras experiencias de no ser viste, de ver a mi identidad ignorada. Me costaba inicialmente insistir en el uso del género neutro, del pronombre elle, también con mis amistades. Ahora esto se ha normalizado, por suerte. Unos años más tarde tomé la decisión de hormonarme para también cambiar – queerear – mi cuerpo, parcialmente por esto, para hacer más dificil ignorar a mi identidad nobinaria: "¿Podría haberme planteado cambiar mi cuerpo en otro contexto, en una sociedad post-género, es decir, sin género? Es poco probable. La decisión de hormonarme tiene mucho que ver con cómo esta sociedad cisheteropatriarcal niega mi existencia y me impone su sistema binario. Un cuerpo —mi cuerpo— es tan socialmente construido como el género. En cada encuentro se lee a mi cuerpo dentro de un marco binario, y aunque los cambios resultantes de la hormonación no pueden evitarlo por completo, al menos lo hacen más difícil."

Con todo esto no quiero decir que por fin he encontrado mi “esencia”, una identidad que siempre existía. Ni lo creo, ni lo siento así. Entiendo donde estoy ahora y como me identifico ahora como el resultado hasta ahora de un largo y doloroso proceso – una lucha – con y contra la masculinidad, el sistema binario de género. Siento las cicatrices de esta lucha, el dolor, el trauma. Y como me siento e identifico ahora no es más que un snapshot, algo temporal, en flujo, un resultado de mi lucha hasta ahora con las expectativas sociales de la masculinidad, con mi rechazo de las masculinidades y de las expectativas sociales, de la necesidad de encajar. Ya no quiero encajar. No quiero ser ‘normal’ (ni sé que esto significa). Quiero ser yo, autentique, aprendiendo, quiero conectar con mis emociones y deseos. A la mierda con las normas sociales. A la mierda con la masculinidad. A la mierda con el género.