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¡Ejército fuera de las escuelas!

Contra la militarización de la educación

Fuerzas armadas británicas en la escuela Charles DarwinEl 1 de agosto de 1914, ya era demasiado tarde para la propaganda pacifista, ya era demasiado tarde para la propaganda bélica; de hecho, los militaristas cosechaban entonces lo que habían sembrado 200 años antes. Nosotros tenemos que sembrar." [1] Esto es lo que escribía el pacifista alemán Kurt Tucholsky en un artículo titulado “Del pacifismo efectivo”, publicado en 1927. Más de 80 años después, los militaristas siguen sembrando. La presencia del ejército en las escuelas es tan sólo el ejemplo más flagrante de la siembra de los valores militaristas en las mentes de los chicos y futuros soldados, o de los partidarios del militarismo y la guerra. Es el más flagrante porque, por un lado, las escuelas deberían servir para aprender valores positivos y transmitir conocimiento y no ser instrumentos de propaganda, y por otro, los jóvenes son los más vulnerables a la propaganda y el adoctrinamiento.

Propaganda militarista

Una función clave de la presencia militar en las escuelas es la propaganda. Ésta puede ser muy obvia como se desprende del artículo de Serdar M. Değirmencioğlu sobre el militarismo en las escuelas de Turquía (véase pág. 4) o más sutil, como es el caso del uso que hace el ejército alemán del juego de simulación “Política y seguridad internacional” en escuelas y universidades (véase el artículo de Michael Schulze von Glaßer en la página 9). Esta propaganda militar apunta a arraigar los valores militaristas en las mentes de los chicos, con del fin de que no cuestionen la existencia y las acciones del ejército en su vida adulta posterior.

Tal y como escribe Sergeiy Sandler: “La presencia militar en las escuelas no tiene que ver sólo con el reclutamiento. De lo que se trata es de mantener un orden social” (véase pág. 3). Lo mismo se puede afirmar de la mayoría de países, con o sin conscripción. Esto nos lleva a una cuestión más general, que va más allá del antimilitarismo: la propia escuela con o sin presencia militar sirve al mantenimiento de un orden social (el Estado, el capitalismo, la revolución bolivariana), y no sólo a fines educativos y de transmisión de conocimiento. El grado en que el ejército está presente en las escuelas (y hasta qué punto se utiliza como ejemplo positivo en las escuelas, en historia, ciencias, etc.) se puede ver como un indicador del nivel de militarización de nuestras sociedades.

Reclutamiento militar

Pero la presencia militar en las escuelas no es sólo una cuestión de propaganda. Sobre todo en países sin conscripción o con un alto grado de “profesionalización” del ejército, éste tiene que acercarse de una forma muy activa a los potenciales nuevos reclutas desde muy temprana edad. David Gee en su artículo sobre Gran Bretaña (“Soldados en el patio del recreo”, página 7) cita al jefe de estrategia de reclutamiento del ejército, coronel David Allfrey: “Nuestro nuevo modelo apunta a la concienciación, y eso lleva un tiempo de diez años. Empieza con un chaval de siete años que ve a un paracaidista en una exhibición aérea y piensa ‘Qué chulada’. A partir de ahí el ejército intenta acrecentar ese interés gota a gota, gota a gota.”

Este “gota a gota” es una estrategia a largo plazo, de forma que cuando alguien llegue a la edad de reclutamiento, hacer carrera en el ejército le parezca una opción interesante.
No es de extrañar que la presencia militar en las escuelas sea a menudo más marcada en los barrios desfavorecidos. Allí, los reclutadores piensan que pueden cebarse más fácilmente en los jóvenes que tienen menos oportunidades de encontrar trabajo, y por ello resultan más fáciles de alistar en el ejército. Sin embargo, los ejércitos modernos también necesitan soldados con una sólida formación, por lo que los militares también dirigen grandes esfuerzos a las universidades.

Resistencia

Dentro de los movimientos pacifistas y antibélicos, hay diferentes enfoques a la presencia del ejército en las escuelas. Algunos reclaman una “igualdad de acceso” del movimiento por la paz a las escuelas, con el fin de poder contrarrestar la propaganda militar. Si bien puede ser bastante eficaz rebatir los argumentos de un reclutador o “asesor” militar en una confrontación directa en el patio de la escuela o en las aulas, persiste la cuestión de la disponibilidad de recursos. Incluso si nos lo permitieran, ¿podríamos nosotros, como activistas antibélicos, ir a todas las escuelas cada vez que el ejército se persona en ellas, en las aulas o en el patio? No sólo lo dudo, sino que estoy bastante seguro de que es del todo imposible.

Otra postura y desde mi perspectiva la más fundamentada en principios es exigir que el ejército no tiene nada que hacer en las escuelas: debería tener la entrada completamente vedada a cualquier escuela. Esto puede sonar radical al fin y al cabo, el ejército es una de las instituciones más poderosas en la mayoría de Estados pero no es menos realista que la idea de “acompañar” a la presencia militar en las escuelas.

Aparte de estos dos enfoques, la educación por la paz a menudo se propone como una tarea para las escuelas. Si bien toda forma de educación por la paz es ciertamente importante, yo personalmente tengo mis dudas de cómo puede encajarse en un sistema que está concebido para “mantener un orden social” que se apoya en la guerra. Las propias escuelas son instituciones violentas, representaciones de una violencia estructural. A pesar de que muchos profesores intentan subvertir la violencia estructural inherente a nuestros sistemas educativos actuales, siempre está ahí: la presión de las notas, las reglas autoritarias y, en muchos países/escuelas, incluso los uniformes escolares y las normas de vestimenta, concebidos para sofocar cualquier forma de expresión individual. Dentro de este marco de violencia estructural (y propaganda militar), la educación por la paz podría parecer una hipocresía.

Sin embargo, la resistencia existe; en algunas escuelas más, en otras menos, en algunos países, más, en otros, menos. Los profesores simplemente pueden negarse a invitar al ejército a sus clases, los padres pueden retirar a sus hijos de las clases que están vinculadas al ejército, y los alumnos pueden negarse a participar en esas clases, ya sea de forma legal o simplemente no asistiendo a ellas. La resistencia a menudo existe a nivel individual, como en EE UU con la red Nacional de Oposición a la Militarización de la Juventud, o en Alemania, con campañas regionales de Militares Fuera de las Escuelas. Cómo puedan funcionar estas campañas depende en gran manera del contexto del país, políticamente y en cuanto al sistema educativo. Pero las campañas de este tipo son importantes en todas partes.

Debemos sembrar

Pero sacar al ejército de las escuelas no es suficiente. El Estado y el ejército están sembrando el militarismo en nuestras escuelas, para poderlo cosechar cuando lo necesiten: para ir a la guerra en Irak, Afganistán, o... [insertar aquí el siguiente país], y para alistar la carne de cañón/asesinos profesionales (sí, los soldados son ambas cosas) que les hagan falta para esas guerras. De nuevo Tucholsky sobre el “pacifismo efectivo”: “Los que falta completamente en casi todas partes es la propaganda pacifista en la vida cotidiana, en la calle, en el piso de cuatro habitaciones, en las plazas públicas, el pacifismo como lo más natural del mundo. Cuatro o cinco veces al año estamos en ello, en congresos, a menudo en asambleas. Y después todos se van a casa y la “vida” hace valer sus derechos: la vida... en este caso el patriotismo oficial, que ensalza la guerra; el cine, que glorifica la guerra; el periódico, que no se atreve a mostrar la guerra tal como es; la Iglesia, que incita a la guerra...; la escuela, que transforma perversamente la guerra en un panóptico rimbombante; la universidad, que celebra la guerra... por todos lados la guerra.” [2]

Las escuelas las aulas son un espacio importante para la propaganda pacifista y la contrapropaganda. No podemos esperar que llegue a formar parte del currículo y que, por lo tanto, se pueda dejar en manos del Estado. Nada más lejos de la realidad. El negocio del Estado es la guerra y el militarismo. La propaganda pacifista en las escuelas tiene que organizarse fuera de los canales oficiales: a partir de los profesores y sus sindicatos, los alumnos y sus propias organizaciones, los padres.

Contrarrestar el reclutamiento militar en las escuelas no empieza cuando aparecen los reclutadores, tiene que empezar por oponerse a la estrategia militar del “gota a gota”, contrarrestando la glorificación de lo militar y de la guerra en todas los aspectos de la enseñanza cotidiana en la escuela. Tiene que desenterrar las semillas que siembra el ejército y plantar otra cosa. Pongámonos a sembrar.

Andreas Speck

Notas:

[1] Kurt Tucholsky (como Ignaz Wrobel): Über wirkungsvollen Pazifismus, in Weltbühne, 11 October 1927, http://www.textlog.de/tucholsky-ueber-pazifismus.html
[2] Véase nota 1



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Article | by Dr. Radut